- ¿No le has pedido nada para ti?
-replicó la mujer.
-No, ¿y qué había de pedirle?
- ¡Ah! -respondió la mujer; es tan
triste, es tan triste vivir siempre en una choza tan sucia como esta;
hubieras debido pedirle una casa pequeñita para nosotros; vuelve y llama a ese
pez de colores. Dile que quisiéramos tener una casa pequeñita, pues nos la dará
seguro.
- ¡Ah! -dijo el marido, ¿y por qué he de
volver?
- ¿No le has cogido, continuó la mujer,
y dejado nadar como antes? Pues lo harás; ve corriendo.
El marido no hacía mucho caso; sin
embargo, fue a la orilla del mar, y cuando llegó allí, la vio toda amarilla y
toda verde, se acercó al agua y dijo:
Tararira ondino, tararira
ondino,
hermoso pescado, pequeño
vecino,
mi pobre Isabel grita y se
enfurece,
es preciso darla lo que se
merece.
El pez de colores avanzó
hacia él y le dijo: - ¿Qué quieres?
- ¡Ah! -repuso el hombre, hace poco que
te he cogido; mi mujer sostiene que hubiera debido pedirte algo. No está
contenta con vivir en una choza de juncos, quisiera mejor una casa de madera.
-Puedes volver, le dijo el pez de
colores, pues ya la tiene.
Volvió el marido y su mujer no estaba ya
en la choza, pero en su lugar había una casa pequeña, y su mujer estaba a la
puerta sentada en un banco. Le cogió de la mano y le dijo: -Entra y mira: esto
es mucho mejor.
Entraron los dos y hallaron dentro de la
casa una bonita sala y una habitación donde estaba su cama, un comedor y una
cocina con pan, rica fruta, sartenes, ollas y un pequeño horno para cocinar
galletas y pasteles. Detrás había un patio pequeño donde había pequeñas flores
y caminaban gallinas y patos, y un huerto donde crecían lechugas, tomates, berenjenas,
judías y zanahorias.
- ¿Ves, le dijo la mujer, qué bonito es
esto?
-Sí, le dijo el marido; si vivimos
siempre aquí, seremos muy felices.
-Veremos lo que nos conviene, replicó la
mujer.
Después comieron y se acostaron.
Continuaron así durante ocho o quince
días, pero al fin dijo la mujer:
- ¡Escucha, marido mío: ¡esta casa es
demasiado estrecha, y el patio y el huerto son tan pequeños!... El pez de
colores hubiera debido en realidad darnos una casa mucho más grande. Yo
quisiera vivir en un palacio de piedra; ve a buscarle; es preciso que nos dé un
palacio.
- ¡Ah!, mujer, replicó el marido, esta
casa es en realidad muy buena; ¿de qué nos serviría vivir en un palacio?
-Ve, dijo la mujer, el pez de colores
puede muy bien hacerlo.
-No, mujer, replicó el marido, el pez de
colores acaba de darnos esta casa, no quiero volver, no quiero que se enfade.
-Ve, insistió la mujer, puede hacerlo y
lo hará con mucho gusto; ve, te digo.
El marido sentía en el alma dar este
paso, y no tenía mucha prisa, pues se decía: -No me parece bien, -pero obedeció,
sin embargo.
Cuando llegó cerca del mar, el agua
tenía un color de violeta y azul oscuro, pareciendo próxima a hincharse; no
estaba verde y amarilla como la vez primera; sin embargo, reinaba la más
completa calma. El pescador se acercó y dijo:
Tararira ondino, tararira
ondino,
hermoso pescado, pequeño
vecino,
mi pobre Isabel grita y se
enfurece,
es preciso darla lo que se
merece.
- ¿Qué quiere tu mujer? -dijo el pez de colores.
- ¡Ah! -contestó el marido medio
turbado, quiere habitar un palacio grande de piedra.
-Vete, replicó el pez de colores, la encontrarás
a la puerta.
Marchó el marido, creyendo volver a su
morada; pero cuando se acercaba a ella, vio en su lugar un gran palacio de piedra.
Su mujer, que se hallaba en lo alto de las gradas, iba a entrar dentro; le
cogió de la mano y le dijo: -Entra conmigo. -La siguió. Tenía el palacio un
inmenso vestíbulo, cuyas paredes eran de mármol; numerosos criados abrían las
puertas; las paredes resplandecían; las sillas y las mesas de las
habitaciones eran de oro; las mesas estaban cargadas de los vinos y manjares
más exquisitos, hasta el punto que parecía iban a romperse bajo su peso. Detrás
del palacio había un patio muy grande, con establos para las vacas y
cuadras para los caballos y magníficos coches; había además un grande y
hermoso jardín, adornado de las flores más hermosas y de árboles frutales.
- ¿No es muy hermoso todo esto? -dijo la
mujer.
- ¡Oh!, ¡sí! -repuso el marido;
quedémonos aquí y viviremos muy contentos.
-Ya reflexionaremos, dijo la mujer,
durmamos primero.
A la mañana siguiente despertó la mujer
siendo ya muy de día y vio desde su cama la hermosa campiña que se ofrecía a su
vista; el marido se estiró al despertarse; ella le dio un codazo y le dijo:
-Marido mío, levántate y mira por la
ventana; ¿ves?, ¿no podíamos llegar a ser reyes de todo este país? Corre a
buscar al pez de colores y seremos reyes.
- ¡Ah!, mujer, repuso el marido y por
qué hemos de ser reyes, yo no tengo ganas de serlo.
-Pues si tú no quieres ser rey, replicó
la mujer, yo quiero ser reina. Ve a buscar al pez de colores, yo quiero ser reina.
- ¡Ah!, mujer, insistió el marido; ¿para
qué quieres ser reina? Yo no quiero decirle eso.
- ¿Y por qué no? -dijo la mujer; ve al
instante; es preciso que yo sea reina.
El marido fue, pero no le gustaba nada
que su mujer quisiese ser reina. No me parece bien, no me parece bien en
realidad, pensaba para sí. No quiero ir; y fue, sin embargo.
Cuando se acercó al mar, estaba de un
color gris, el agua subía a borbotones desde el fondo a la superficie y tenía
un olor fétido; se adelantó y dijo:
Tararira ondino, tararira
ondino,
hermoso pescado, pequeño
vecino,
mi pobre Isabel grita y se
enfurece;
es preciso darla lo que se
merece.
- ¿Y qué quiere tu mujer? -dijo el
pez de colores.
- ¡Ah! -contestó el marido; quiere ser
reina.
-Vuelve, que ya lo es, replicó el pez de colores.
Partió el marido, y cuando se acercaba
al palacio, vio que se había hecho mucho mayor y tenía una torre muy alta
decorada con magníficos adornos. A la puerta había guardias de centinela y una
multitud de soldados con trompetas y timbales. Cuando entró en el edificio vio
por todas partes mármol del más puro, enriquecido con oro, tapices de
terciopelo y grandes cofres de oro macizo. Le abrieron las puertas de la sala:
toda la corte se hallaba reunida y su mujer estaba sentada en un elevado trono
de oro y de diamantes; llevaba en la cabeza una gran corona de oro, tenía en la
mano un cetro de oro puro enriquecido de piedras preciosas. Se adelantó y dijo:
- ¡Ah, mujer!, ¿ya eres reina?
-Sí, le contestó, ya soy reina.
Se colocó delante de ella y la miró, y
en cuanto la hubo contemplado por un instante, dijo:
- ¡Ah, mujer!, ¡qué bueno es que seas
reina! Ahora no tendrás ya nada que desear.
-De ningún modo, marido mío, le contestó
muy agitada; hace mucho tiempo que soy reina, quiero ser mucho más.
Fueron enseguida a acostarse, pero ella
no estaba contenta; la ambición la impedía dormir y pensaba siempre en ser
todavía más.
El marido durmió profundamente; había
andado todo el día, pero la mujer no pudo descansar un momento; se volvía de un
lado a otro durante toda la noche, pensando siempre en ser todavía más; y no
encontrando nada por qué decidirse. Sin embargo, comenzó a amanecer, y cuando
percibió la aurora, se incorporó un poco y miró hacia la luz, y al ver entrar por
su ventana los rayos del sol...
- ¡Ah! -pensó; ¿por qué no he de poder
mandar salir al Sol y a la Luna? Marido mío, dijo empujándole con el codo,
¡despiértate, ve a buscar al pez de colores!
El marido estaba dormido todavía, pero se
asustó de tal manera, que se cayó de la cama. Creyendo que había oído mal, se
frotó los ojos y preguntó:
- ¡Ah, mujer! ¿Qué dices?
-Marido mío, si no puedo mandar salir al
Sol y a la Luna, y si es preciso que los vea salir sin orden mía, no podré descansar
y no tendré una hora de tranquilidad, pues estaré siempre pensando en que no
los puedo mandar salir. Ve al instante.
- ¡Ah, mujer! -dijo el marido
arrojándose a sus pies; el pez de colores no puede hacer eso; te lo suplico, quédate contenta con ser reina.
-No puedo, no quiero estar contenta; marcha al instante.
El marido se vistió rápidamente y echó a
correr, como un insensato.
El agua estaba negra, burbujeante y se
había desatado una gran tormenta que rugía furiosa; las casas y los árboles se
movían; pedazos de roca rodaban por el mar, y el cielo tronaba, relampagueaba y
el mar levantaba olas negras tan altas como campanarios y montañas, y todas
llevaban en su cima una corona blanca de espuma. El pescador tuvo que gritar,
pues apenas podía oírse él mismo sus propias palabras:
Tararira ondino, tararira
ondino,
hermoso pescado, pequeño
vecino,
mi pobre Isabel grita y se
enfurece,
es preciso darla lo que se
merece.
- ¿Qué quieres tú, amigo?
-dijo el pez de colores.
-¡Ah, contestó, quiere hacer
salir el sol y la luna!
-Vuelve y la encontrarás en
la choza.
A estas horas viven en la pequeña choza de juncos todavía. Y colorín colorado
Este cuento se ha acabado
LA ADAPTACIÓN
- La criatura
mágica en la historia de los hermanos Grimm que hemos tomado como referencia es
un Barbo. Uno de los cambios principales ha sido llamar a este pez mágico “el
pez de colores”, porque considero que da una imagen más clara y llamativa del
personaje para los niños de 5 años.
- La
historia es más corta que la historia de referencia. Principalmente, se han
acortado las descripciones, porque son muy minuciosas y considero que alargaban
la historia en exceso para los niños de esta edad, que van a mantener mejor la
atención en el momento de la acción, es decir, cuando están pasando cosas que
hacen que la historia avance.
- También
se han modificado algunas palabras concretas complicadas en este ciclo.
JUSTIFICACIÓN
- La
narración incluye partes que se repiten, pero van cambiando. La estructura es
muy interesante y ayuda a captar el interés.
- Además,
los diálogos directos entre los personajes los hacen más cercanos y
comprensibles para los niños.
- Incluye
una pequeña cancioncilla/rima que enriquece la narración e invita al juego. Las canciones y las rimas son un componente muy importante en los cuentos folclóricos y me parecía interesante que estuvieran incluidas en esta propuesta de alguna manera.
- Me
gusta mucho también cómo el agua y el clima van cambiando cada vez que piden
más y más.
- Analizando este cuento tomando como referencia los apuntes de la asignatura podemos afirmar que el pescador visita un reino mágico, cuya representación es el pez de
colores, que les pone una prueba. Como la mujer no puede estar contenta con lo
que tiene, no pasa la prueba y vuelven a la choza donde vivían al inicio de la
historia.
Hace
ya muchos años de lo que voy a contar, más por eso precisamente vale la pena
que lo oigáis, antes de que la historia se haya olvidado.
El palacio de la princesa Lin era el más espléndido del mundo entero, todo él
de la más delicada porcelana. Todo en él era tan precioso y frágil, que había
que ir con mucho cuidado antes de tocar nada. El jardín estaba lleno de flores
maravillosas, y de las más bellas colgaban campanillas de plata que sonaban
para que nadie pudiera pasar de largo sin fijarse en ellas. Sí, en el jardín del
palacio todo estaba muy bien pensado, y era tan extenso, que el propio
jardinero no tenía idea de dónde terminaba. Si seguías andando, te encontrabas
en el bosque más espléndido que quepa imaginar, lleno de altos árboles y
profundos lagos. Aquel bosque llegaba hasta el mar, hondo y azul; grandes
embarcaciones podían navegar por debajo de las ramas, y allí vivía un ruiseñor
que cantaba tan primorosamente, que incluso el pobre pescador, a pesar de sus
muchas ocupaciones, cuando por la noche salía a retirar las redes, se detenía a
escuchar sus trinos.
- ¡Dios mío, qué hermoso! -exclamaba; pero luego tenía que atender a sus redes
y olvidarse del pájaro; hasta la noche siguiente, en que, al llegar de nuevo al
lugar, repetía: - ¡Dios mío, qué hermoso!
De todos los países llegaban viajeros a la ciudad, y admiraban el palacio y el
jardín; pero en cuanto oían al ruiseñor, exclamaban: - ¡Esto es lo mejor de
todo!
De regreso a sus tierras, los viajeros hablaban de él, y los sabios escribían
libros y más libros acerca de la ciudad, del palacio y del jardín, pero sin
olvidarse nunca del ruiseñor, al que ponían por las nubes; y los poetas
componían inspiradísimos poemas sobre el pájaro que cantaba en el bosque, junto
al profundo lago.
Aquellos libros se difundieron por el mundo, y algunos llegaron a manos de la princesa.
Se hallaba sentada en su sillón de oro, leyendo y leyendo; de vez en cuando
hacía con la cabeza un gesto de aprobación, pues le gustaba leer aquellas
magníficas descripciones de la ciudad, del palacio y del jardín. «Pero lo mejor
de todo es el ruiseñor», decía el libro.
«¿Qué es esto? -pensó la princesa-. ¿El ruiseñor? Jamás he oído hablar de él.
¿Es posible que haya un pájaro así en mi reino, y precisamente en mi jardín?
Nadie me ha informado. ¡Está bueno que uno tenga que enterarse de semejantes
cosas por los libros!»
Y mandó llamar al mayordomo de palacio.
- Según parece, hay aquí un pájaro de lo más notable, llamado ruiseñor -dijo la
princesa -. Se dice que es lo mejor que existe en el reino; ¿por qué no se me
ha informado?
- Es la primera vez que oigo hablar de él -se justificó el mayordomo-. Nunca ha
sido presentado en la Corte.
- Pues ordeno que acuda esta noche a cantar en mi presencia -dijo la princesa-.
El mundo entero sabe lo que tengo, menos yo.
¿Encontrarlo?, ¿dónde? El dignatario se cansó de subir Y bajar escaleras y de
recorrer salas y pasillos. Nadie de cuantos preguntó había oído hablar del
ruiseñor.
Finalmente, dieron en la cocina con chiquillo, que exclamó: - ¡Dios mío! ¿El
ruiseñor? ¡Claro que lo conozco! ¡qué bien canta! Todas las noches me dan
permiso para que lleve algunas sobras de comida a mi pobre madre que está
enferma. Vive allá en la playa, y cuando estoy de regreso, me paro a descansar
en el bosque y oigo cantar al ruiseñor. Y oyéndolo se me vienen las lágrimas a
los ojos, como si mi madre me abrazase.
- Pequeño ayudante del cocinero-dijo el mayordomo-, te daré un empleo fijo en
la cocina y permiso para presenciar la comida del Emperador, si puedes traernos
al ruiseñor; está citado para esta noche.
Todos se dirigieron al bosque, al lugar donde el pájaro solía situarse; media
Corte tomaba parte en la expedición. Avanzaban a toda prisa, cuando una vaca se
puso a mugir.
- ¡Oh! -exclamaron los cortesanos-. ¡Ya lo tenemos! ¡Qué fuerza para un animal
tan pequeño! Ahora que caigo en ello, no es la primera vez que lo oigo.
- No, eso es una vaca que muge -dijo el cocinerillo. Aún tenemos que andar
mucho.
Luego oyeron las ranas croando en una charca.
- ¡Magnífico! -exclamó un cortesano-. Ya lo oigo, suena como las campanillas de
la iglesia.
- No, eso son ranas -contestó el muchacho-. Pero creo que no tardaremos en
oírlo.
Y en seguida el ruiseñor se puso a cantar.
- ¡Es él! -dijo el niño-. ¡Escuchad, escuchad! ¡Allí está! - y señaló un
avecilla gris posada en una rama.
- ¿Es posible? -dijo el mayordomo-. Jamás lo habría imaginado así. ¡Qué vulgar!
Seguramente habrá perdido el color, intimidado por unos visitantes tan distinguidos.
- Mi pequeño ruiseñor -dijo en voz alta el cocinerillo-, nuestra bellísima
princesa quiere que cantes en su presencia.
- ¡Con mucho gusto! - respondió el pájaro, y reanudó su canto, que daba gloria
oírlo.
- ¡Parece campanitas de cristal! -observó el mayordomo.
- ¡Mirad cómo se mueve su garganta! Es raro que nunca lo hubiésemos visto. Causará
sensación en la Corte.
- Mi pequeño y excelente ruiseñor -dijo el mayordomo tengo el honor de
invitarlo a una gran fiesta en palacio esta noche, donde podrá deleitar con su
magnífico canto a la princesa.
- Suena mejor en el bosque -protestó el ruiseñor.
En palacio todo había sido pulido y fregado. Las paredes y el suelo, que eran
de porcelana, brillaban a la luz de millares de lámparas de oro; las flores más
exquisitas, con sus campanillas, habían sido colocadas en los corredores; las
idas y venidas de los cortesanos producían tales corrientes de aire, que las
campanillas no cesaban de sonar, y uno no oía ni su propia voz.
En medio del gran salón donde la joven princesa estaba, habían puesto una
percha de oro para el ruiseñor. Toda la Corte estaba presente, y el cocinerillo
había recibido autorización para situarse detrás de la puerta, pues tenía ya el
título de cocinero de la Corte. Todo el mundo llevaba sus vestidos de gala, y
todos los ojos estaban fijos en la avecilla gris.
Entonces, el ruiseñor empezó a cantar tan deliciosamente, que las lágrimas
acudieron a los ojos de la princesa; y cuando el pájaro las vio rodar por sus
mejillas, volvió a cantar mejor aún, hasta llegarle al alma. La princesa quedó
tan complacida, que dijo que regalaría su collar más brillante al ruiseñor para
que lo llevara en el cuello. Mas el pájaro le dio las gracias, diciéndole que
ya se consideraba suficientemente recompensado.
- He visto lágrimas en los ojos de la princesa; éste es para mí el mejor
premio.
Se quedaría en la Corte, en una jaula particular, con libertad para salir dos
veces durante el día y una durante la noche. La ciudad entera hablaba del
notabilísimo pájaro.
Un buen día la princesa recibió un gran paquete rotulado: «El ruiseñor».
- He aquí un nuevo libro acerca de nuestro famoso pájaro -exclamó. Pero resultó
que no era un libro, sino un pequeño ingenio puesto en una jaula, un ruiseñor
artificial, imitación del vivo, pero cubierto materialmente de diamantes,
rubíes y zafiros. Sólo había que darle cuerda, y se ponía a cantar una de las
melodías que cantaba el de verdad, levantando y bajando la cola, toda de plata
y oro.
- ¡Magnífico! -exclamaron todos, y el emisario que había traído el ave
artificial recibió inmediatamente el título de Gran Portador Imperial de
Ruiseñores.
- Ahora van a cantar juntos. ¡Qué dúo harán!
Y los hicieron cantar a la vez; pero la cosa no marchaba, pues el ruiseñor
auténtico lo hacía a su manera, y el artificial iba con cuerda.
- No se le puede reprochar -dijo el Director de la Orquesta real- mantiene el
compás exactamente y sigue mi método al pie de la letra.
En adelante, el pájaro artificial tuvo que cantar sólo. Obtuvo tanto éxito como
el otro, y, además, era mucho más bonito, pues brillaba como un puñado de
pulseras y broches.
Repitió treinta y tres veces la misma melodía, sin cansarse, y los cortesanos
querían volver a oírla de nuevo, pero la princesa opinó que también el ruiseñor
verdadero debía cantar algo. Pero, ¿dónde se había metido? Nadie se había dado
cuenta de que, saliendo por la ventana abierta, había vuelto a su verde bosque.
- ¿Qué significa esto? -preguntó la princesa. Y todos los cortesanos empezaron
a decir a la vez que el ruiseñor verdadero era realmente desagradecido.
- Por suerte nos queda el mejor
-dijeron, y el ave mecánica hubo de cantar de nuevo.
- Pues fíjense Vuestras Señorías y especialmente Su Majestad, que con el
ruiseñor de carne y hueso nunca se puede saber qué es lo que va a cantar. En
cambio, en el artificial todo está determinado de antemano. Se oirá tal cosa y
tal otra, y nada más. En él todo tiene su explicación: se puede abrir y observar
cómo obra la inteligencia humana, viendo cómo están dispuestas las ruedas, cómo
se mueven, cómo una se engrana con la otra.
- Eso pensamos todos -dijeron los cortesanos, y el Director de la Orquesta, fue autorizado para que el próximo domingo mostrara el pájaro al
pueblo.
- Todos deben oírlo cantar - dijo la princesa; y así se hizo, y quedó
la gente tan satisfecha que todos gritaron: «¡Oh!», y, levantando el dedo índice,
se inclinaron profundamente; pero los pobres pescadores que habían oído al
ruiseñor auténtico, dijeron:
- No está mal; las melodías se parecen, pero le falta algo, no sé qué...
El ruiseñor de verdad fue desterrado del país.
El pájaro mecánico estuvo en adelante junto a la cama de la princesa, sobre una
almohada de seda; todos los regalos con que había sido obsequiado - oro y
piedras preciosas - estaban dispuestos a su alrededor, y se le había conferido
el título de Primer Cantor de Cabecera Imperial, con categoría de número uno al
lado izquierdo. Pues la princesa consideraba que este lado era el más noble,
por ser el del corazón, que hasta los príncipes, princesas, reyes y reinas
tienen a la izquierda.
Así transcurrieron las cosas durante un año; la princesa, la Corte y todos los que
vivían en el reino se sabían de memoria el trino de canto del ave mecánica, y
precisamente por eso les gustaba más que nunca; podían imitarlo y lo hacían.
Los niños que jugaban en la calle cantaban: «¡tsitsii, cluclucluk!», y hasta la
princesa cantaba. Era de veras divertido.
Pero he aquí que una noche, estando el pájaro en pleno canto, la princesa, que estaba
a punto de dormirse, oyó de pronto un «¡crac!» en el interior del mecanismo;
algo había saltado. «¡Schnurrrr!», escapóse la cuerda, y la música cesó.
La princesa saltó de la cama y mandó llamar a su médico de cabecera; pero, ¿qué
podía hacer el hombre? Entonces fue llamado el relojero, quien, tras largos
discursos y manipulaciones, arregló un poco el ave; pero le avisó que debían
andarse con mucho cuidado con ella y no hacerla trabajar demasiado. ¡Qué tristeza!
Desde entonces sólo se pudo hacer cantar al pájaro una vez al año.
Pasaron cinco años, cuando he aquí que una gran desgracia cayó sobre el país. La princesa se puso muy enferma y sólo
podía estar tumbada en la cama, ya que tenía mucha fiebre y dolores. La pobre
sufría terribles pesadillas y cuando despertaba tenía miedo de que algo
terrible podía ocurrir. Por una ventana que se abría en lo alto de la pared, la
luna enviaba sus rayos, que iluminaban a la princesa y al pájaro mecánico.
La princesa respiraba con gran dificultad; era como si alguien se le hubiera
sentado sobre el pecho. Como tenía tanta fiebre empezó a pensar en las cosas
que había hecho bien y las que había hecho mal; y empezó a sentirse mareada,
asustada y triste.
- ¡Música, música! ¡música para no sentir tanto miedo-pedía la princesa-. ¡Oh
tú, pajarillo de oro, canta, canta! Te di oro y objetos preciosos, con mi mano
te colgué del cuello mi collar más brillante. ¡Canta, canta ya!
Mas el pájaro seguía mudo, pues no había nadie para darle cuerda.
De pronto resonó, procedente de la ventana, un canto maravilloso. Era el
pequeño ruiseñor vivo, posado en una rama. Enterado de la desesperada situación
de la princesa, había acudido a traerle consuelo y esperanza; y cuanto más
cantaba, más se esfumaba el miedo. Y la princesa sentía una brisa fresca que
aliviaba la fiebre.
- ¡Gracias, gracias! -dijo la princesa-. ¡Bien te conozco, avecilla amiga!
Te desterré de mi reino, y, sin embargo, con tus cantos has alejado de mí el
miedo y la fiebre cuando más lo necesitaba. ¿Cómo podré recompensarte?
- Ya me has recompensado -dijo el ruiseñor-. Arranqué lágrimas a tus ojos la
primera vez que canté para ti; esto no lo olvidaré nunca, pues son las joyas
que contentan al corazón de un cantor. Pero ahora duerme y recupera las
fuerzas, que yo seguiré cantando.
Así lo hizo, y la princesa quedó sumido en un dulce sueño; ¡qué sueño tan dulce
y tan reparador! El sol entraba por la ventana cuando se despertó, sana y
fuerte. Ninguno de sus criados había vuelto aún, todos guardaban silencio. Sólo
el ruiseñor seguía cantando en la rama.
- ¡Nunca te separarás de mi lado! -le dijo la princesa-. Cantarás cuando te
apetezca; y en cuanto al pájaro mecánico, lo romperé en mil pedazos.
- No lo hagas -suplicó el ruiseñor-. Él cumplió su misión mientras pudo;
guárdalo como hasta ahora. Yo no puedo anidar ni vivir en palacio, pero
permíteme que venga cuando se me ocurra; entonces me posaré junto a la ventana
y te cantaré para que estés contenta y reflexiones. Te cantaré de los felices y
también de los que sufren; y del mal y del bien que se hace a tu alrededor sin
tú saberlo. Tu pajarillo cantor debe volar a lo lejos, hasta la cabaña del
pobre pescador, hasta el tejado del campesino, hacia todos los que residen
apartados de ti y de tu Corte. Prefiero tu corazón a tu corona. Volveré a
cantar para ti. Pero debes prometerme una cosa.
- ¡Lo que quieras! -dijo la princesa, incorporándose con su mejor vestido, que
ya se había puesto.
- Una cosa te pido: que no digas a nadie que tienes un pajarito que te cuenta
todas las cosas. ¡Saldrás ganando!
Y se echó a volar.
Entraron los criados a ver a la princesa muy malita en su camita. Entraron, sí,
y la princesa dando un salto de alegría les dijo: ¡Buenos días!.
Y colorín colorado, Este cuento se ha
acabado
LA ADAPTACIÓN
- Para esta adaptación, he transformado al emperador, que es el protagonista de la historia, en una princesa. Me parecía
interesante jugar con la idea de que las mujeres pueden tener también una
posición de poder y un camino de aprendizaje, ya que los héroes que habíamos
presentado hasta ahora eran todos chicos. Por otra parte, uno de los personajes secundarios, que es el de la cocinerilla, lo he cambiado a cocinerillo.
- He
procurado respetar la estructura, aunque hay partes que he simplificado.
- El
cambio más importante está en el conflicto con la enfermedad de la princesa.
Toda esta parte está adaptada, porque en la versión de Andersen se aparecen
visiones que le hablan y la muerte se posa sobre su pecho. Me parecía demasiado
para niños de 5 años. He mantenido la parte de enfermedad y vulnerabilidad, el
momento de tener miedo pensando en las cosas que ha hecho bien y las que ha
hecho mal, pero en vez de estar muriéndose, la princesa está muy enferma y
tiene fiebre.
- Tengo dudas con este cambio porque entrar en el reino de
los muertos como purificación es una parte clara de la historia. Además, que al
héroe le visite la muerte y se lo quiera llevar, significa que deja atrás el
hombre que era y tiene la oportunidad de resurgir como un hombre nuevo, y creo
que resulta muy importante este simbolismo en la historia. Sin embargo, la
escena me parece tenebrosa y no me imagino narrándola en una clase de 5 años.
Pienso que las partes, los mensajes fundamentales y la esencia del cuento se
mantiene, pero he tratado de hacerla más accesible para esta edad con los
cambios.
- Guía académica de la asignatura “Literatura infantil” (La Salle)
- Apuntes Pedagogía UCM de la asignatura “Psicología del desarrollo”
- Piaget, J. Inhelder, B. (1969), Psicología del niño. Madrid: Ediciones Morata.
- Bolwy, J. (1969), El vínculo afectivo. Buenos Aires: Paidós.
Cuadros
de orientación al tema:
·
Centro de Orientación de Lectura Mec (Años
90) Características de los cuentos según la edad y etapa del desarrollo
·
Cubells, F. Evolución de los
intereses del niño en relación con la literatura
·
Asociación Nacional de
Editores. Libros Infantiles y Edición